Muxía, el borde del mundo y un atardecer ganado.
21 de julio: jornada completa en Muxía, entre llegada simbólica, mar y preparación del final hacia Finisterre/Santiago.
El 21 de julio fue uno de esos días que no necesitan grandes números para quedarse grabados. Estaba en Muxía, por fin también yo con mi foto “de llegada”, y en el grupo se notaba un clima bonito: felicitaciones cruzadas, bromas, relatos de quien ya había vuelto a casa y aun así seguía sintiéndose parte de la misma familia del camino.
Durante el día volví a ver a Giselle: nos encontramos por la mañana y quedamos de nuevo para la noche, con la idea de cerrar el día frente al atardecer. En medio, el ritmo fue el justo para Muxía: mar, pausas largas, fotos, y esa sensación de fin de viaje en la que cada detalle parece pesar más de lo normal.
Con Catherine hablamos a menudo: yo le enviaba imágenes del lugar, ella me escribía que le habría gustado estar allí. Había distancia física, pero una conexión todavía muy viva, hecha de mensajes simples y sinceros. Mientras tanto yo ya preparaba el paso siguiente: al día siguiente apuntaría a Finisterre, para completar ese “doble final” que me había propuesto.
El cierre perfecto llegó por la tarde-noche: un atardecer limpio, pleno, de esos que después de semanas de camino sientes casi como un premio. Allí tuve la percepción nítida de que el viaje estaba cambiando de fase: menos conquista, más absorción de todo lo vivido.
Viento de costa, olor a salitre, luz cálida que baja lentamente sobre el mar y te obliga a ralentizar también los pensamientos.
Cuando llegas a lugares simbólicos como Muxía, no cuenta solo “haber llegado”: cuenta con qué estado de ánimo llegas y con quién eliges compartir ese momento.
Si al leer este diario sientes que el Camino te está llamando, pero todavía necesitas aclararte un poco, empieza por la guía gratuita.
Notas del día