Santiago sellada y, enseguida, océano.
16 de julio: certificado en Santiago por la mañana y traslado a Finisterre con Catherine.
El 16 de julio fue uno de esos días comprimidos en los que parece vivir dos en uno. La noche anterior habíamos llegado tarde a Santiago, sobre las 23:00, después de decidir no parar en Monte do Gozo como estaba previsto. Por la mañana, despertador temprano: objetivo oficina de credenciales en cuanto abría, sello y certificado en mano.
Ese momento, que para muchos coincide con el final, para nosotros fue solo un giro: pocas horas después ya estábamos en el bus hacia Finisterre. La idea era encajar bien los tiempos y no renunciar al tramo del océano, incluso con la ventana ajustada del vuelo de Catherine en los días siguientes.
El día fue rápido: llegada, desplazamientos, fotos, mar, y la sensación constante de estar viviendo un “tiempo extra” ganado. En Finisterre también encontramos a Anita y a su amiga: otras caras del camino que reaparecían cuando menos lo esperabas.
Mientras tanto, yo mantenía contacto con Andrius y con el grupo: mientras algunos celebraban llegadas en la plaza y otros estaban en sus últimos kilómetros, Catherine y yo ya estábamos proyectados en el final por la costa. Era un camino dentro del camino.
Por la mañana, ruido de ciudad en Santiago; luego cambio total: viento atlántico, luz distinta y olor a mar nada más bajar en Finisterre.
Santiago no siempre es el punto final: a veces es el paso que te permite elegir cómo quieres cerrar de verdad tu historia.
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Notas del día