Regreso a Santiago, vuelo perdido y jornada patas arriba.
17 de julio: regreso en bus desde Finisterre/Santiago, con un día dedicado por completo a encajar la vuelta.
El 17 de julio debía ser un día de transición lineal, pero se transformó en un pequeño caos organizativo. Catherine y yo habíamos vuelto a Santiago en bus para que pudiera coger el vuelo de la tarde. Parecía todo bajo control, hasta que llegó la noticia seca: puerta cerrada, vuelo perdido.
Desde ahí cambió todo. Nuevo billete para el día siguiente, vuelta inmediata a la ciudad y punto de encuentro improvisado en la estación de buses. En medio estaba también la logística práctica (batería, desplazamientos, esperas), pero sobre todo el impacto emocional: cuando ya te has despedido de una persona y luego te la encuentras allí de nuevo durante 24 horas, cambia la perspectiva del día.
En paralelo, el resto del grupo también estaba en plena fase de llegadas y despedidas: fotos en la Plaza, gente cerrando la Compostela, otros ya saliendo. Yo cruzaba mensajes con Francesco y Andrius, que iban en trayectorias distintas pero con el mismo telón de fondo de final de camino. Precisamente con Andrius salió también la parte más dura: me escribió que volvía a Lituania para buscar ayuda. Una frase breve, pero muy fuerte.
Al final del día el cuadro era clarísimo: ya no había un flujo único de peregrinos en marcha. Estábamos en una fase líquida, hecha de regresos, desvíos y decisiones tomadas hora a hora. Y, aun así, incluso en esa confusión seguía habiendo una forma de presencia mutua.
Autobuses, estaciones, esperas y móvil siempre en la mano: menos sendero bajo los pies, más movimiento “nervioso” de ciudad y salidas.
En el final del camino no cuenta solo dónde llegas: cuenta cómo gestionas los imprevistos y cómo sigues siendo humano incluso cuando los planes saltan por los aires.
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Notas del día