Lluvia, encajes y pasos finales hacia Santiago.
13 de julio, tramo intermedio hacia Portomarín y últimos días del Camino Francés.
El 13 de julio fue uno de esos días en los que el camino te pide flexibilidad continua. Andrius y yo nos mantuvimos en contacto durante toda la mañana, intentando encajar una pausa juntos: primero un bar demasiado cerca, luego otro punto más adelante. Mientras tanto, la etapa avanzaba entre paradas cortas, nuevas salidas y ese equilibrio clásico entre ritmo y logística.
A mitad del día llegó también la lluvia, luego paró, y por la tarde el ritmo volvió a ser más regular. Andrius seguía contando pequeños episodios de ruta: encuentros casuales, gente nueva, incluso un grupo de mexicanos que le pidió un saludo en vídeo. Detalles sencillos, pero que explicaban bien la energía de esos días: cansados, sí, pero todavía vivos dentro del camino.
En la parte final tuvimos que adaptarnos otra vez: el lugar donde pensábamos parar estaba cerrado, así que alargamos un poco más. Nada dramático, pero suficiente para recordarte que en el camino casi nunca existe el plan perfecto.
En paralelo, en el grupo ampliado era el cumpleaños de Mark: entre felicitaciones, mensajes y reflexiones, se notaba claramente que estábamos entrando en la fase de balance. Muchos ya hablaban de Santiago, de llegadas escalonadas, de posibles reencuentros antes del final. Mientras caminábamos, también estábamos despidiéndonos por adelantado de una parte de esa experiencia.
Asfalto y sendero mojados, mochila húmeda, y luego aire más ligero cuando deja de llover: una jornada que cambia de tono varias veces.
En el final del camino no cuenta solo “mantener la media”: cuenta mantenerse elástico, aceptar los imprevistos y seguir dando valor a las personas que vas encontrando.
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Notas del día