Entre sendero y encajes: el grupo se redibuja.
12 de julio, en marcha hacia Portomarín, con la cabeza ya proyectada a los días finales.
El 12 de julio fue una jornada en la que camino y logística viajaron juntos. En el sendero el ritmo era regular, pero al mismo tiempo los chats estaban llenos: quién llegaba a Santiago, quién iba a Finisterre, quién intentaba entender si aún era posible reencontrarnos todos al menos una vez antes del final.
Con Catherine seguimos moviéndonos alineados y, a la vez, gestionamos también la parte práctica de fechas: su vuelo estaba fijado para el 17 de julio y no podía moverlo. Eso imponía una restricción real sobre las etapas siguientes, así que cada decisión del día también era una pieza de calendario.
En el grupo ampliado se hablaba de una posible recomposición hacia Ribadiso y luego Santiago, pero era evidente que cada uno estaba viviendo un final distinto: alguien ya en ciudad, alguien aún en plena etapa, alguien en desvíos personales. Más que un grupo único, éramos una red en movimiento.
Por la noche, entre mensajes y aclaraciones sobre planes y fechas, el tono siguió siendo ligero: cansancio encima, pero ganas de seguir conectados y no perder el hilo humano que nos había llevado hasta allí.
Mochila, pasos y camino delante; luego, en cuanto te paras, el móvil que se llena de ubicaciones, horarios, ideas y pequeños planes para volver a verse.
En el tramo final del camino la verdadera dificultad no es solo llegar: es hacer convivir la libertad individual con el deseo de compartir todavía trozos de ruta con las personas adecuadas.
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Notas del día