Cerezas, risas y una lección inesperada.
15 de junio: despertador muy temprano en Puente la Reina, luego etapa hacia Estella.
Después de una última vuelta por el pueblo salimos: primero Catherine y yo, luego también se unió Ginger. El camino avanzaba bien, con esa energía ligera de las mañanas en las que sientes que el día puede sorprenderte. Y así fue: por el camino encontramos un cerezo precioso, cargadísimo de frutos rojos. Nos lanzamos enseguida e hicimos un atracón gigante. Yo estaba tan entusiasmado que salté la valla para recoger tantas como pudiera: bolsillos llenos, manos llenas, mochilas llenas. También regalamos a peregrinos que pasaban.
Un poco más adelante, al llegar a un pueblo, nos sentamos en las mesas de una zona snack para seguir comiéndolas con calma. Estábamos felices. Luego el giro: veo un gusanito caminando sobre la mesa. Lo quito asqueado. A los pocos segundos aparece otro, y ahí me salta la duda: "¿Y si vienen de las cerezas?" Me recorrió un escalofrío. Después de habernos llenado bien la barriga, abro una para comprobar: gusano. Abro otra: gusano. En ese momento quedó claro que estaban agusanadas. Me volvió enseguida la frase de mi madre cuando era pequeño: si una cereza tiene gusano, a menudo el árbol entero está infectado. Y pensar que además había perdido tiempo en lavarlas bien en la fuente fuera del pueblo.
Fue uno de esos momentos perfectos del camino: entre asco e incredulidad, nos doblamos de risa. Un segundo antes nos sentíamos riquísimos con los bolsillos llenos de cerezas, un segundo después teníamos una historia absurda que contar. Ese mismo día también conocí a Giselle, una chica estadounidense: no recuerdo bien en qué circunstancia exacta nos presentamos, si por Catherine o por otros encuentros del día. A partir de ahí los encuentros se multiplicaron y el tiempo para escribir notas se redujo cada vez más. Los días se volvían llenos, densos, vivos: el camino te metía en el presente de forma total. Estoy escribiendo estos contenidos con años de distancia, y con el paso del tiempo algunos detalles se han difuminado, pero las sensaciones siguen fuertísimas: ligereza, plenitud, asombro, y esa felicidad simple de sentirte exactamente donde debías estar. En ese período el tendón seguía doliéndome desde hacía casi una semana, aunque de todos modos podía caminar gestionando ritmo y recuperación.
El 15 también fue el último día de caminata de Ginger: al día siguiente tenía un bus a Logroño, donde dormiría una noche antes de tomar un tren a Madrid, ciudad desde la que tenía el vuelo de regreso a Texas. Por la noche nos pidió a Catherine y a mí que fuéramos a cenar fuera juntos para despedirnos bien. En esa ocasión, nos invitó a cenar y me regaló su bastón, con la promesa de que lo llevaría más adelante hasta Los Arcos y luego hasta Santiago.
Salida al amanecer desde Puente la Reina, camino en compañía con Catherine y Ginger hasta Estella, con parada memorable a base de cerezas… y gusanitos.
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Notas del día