Calor, desvíos y logística real: el día que prepara León.
Zona Burgo Ranero / Mansilla, con planificación de cara a la llegada a León.
Ese mismo día también hablé con Thomas: ya estaba más allá de Ponferrada y ya pensaba en Santiago + Finisterre (incluso en autostop). Era la foto perfecta de cuánto nuestros ritmos ya iban por carriles distintos.
El 30 de junio fue una jornada de gestión inteligente más que de “golpe de piernas”: calor, paradas razonadas, efectivo, alojamientos y decisiones sobre cuándo empujar y cuándo parar.
Por la mañana me escribí con Catherine casi en tiempo real: ella estaba en Sahagún y no se encontraba bien (frío, náuseas, poco sueño), así que fuimos razonando paso a paso cuánto forzar y cuánto protegerse. Le repetí que escuchara el cuerpo y no exagerara: en el Camino no sirve hacerse el héroe cuando el día viene torcido.
Mientras tanto yo estaba por Burgo Ranero, con un problema práctico nada menor: pocos servicios y ningún banco cómodo. En estos pueblitos, si gestionas mal el efectivo, te bloqueas enseguida. Es una de esas cosas que desde fuera parecen detalles, pero en el Camino se vuelven centrales.
Con Giselle nos actualizamos sobre dónde estaba cada uno y dónde converger: al final ella siguió y empezamos a coordinarnos para León, con idea de parar allí al menos dos días.
Con Francesco también hubo el clásico episodio de vida peregrina: él había llegado al mismo pueblo pero a otro albergue porque el donativo estaba lleno, y me pidió si podía prestarle efectivo porque allí no aceptaban tarjetas. Yo estaba casi igual: tenía poquísimo cash y solo pude reunir una cifra reducida. También eso fue emblemático del período: calor fuerte, pueblos pequeños, servicios limitados y continuas micro-soluciones entre peregrinos.
Por la tarde/noche la conversación con Catherine se volvió más estratégica: ella había tomado una variante (Camino Romano), los trazados se habían separado, y alineamos posiciones y objetivos. En esa fase ella estaba muy dudosa sobre qué hacer: incluso había valorado coger un bus. Al final, sin embargo, se mantuvo fiel a la idea original de hacer todo el recorrido a pie, y lo logró. Lo impresionante fue justo eso: de una mañana en la que incluso pensaba pararse a dormir en Sahagún, acabó cerrando 30 km. Una fuerza de voluntad increíble. Al final del día había hecho de todos modos unos 30 km pese al arranque difícil: pies destrozados, pero satisfacción alta.
Yo mientras tanto valoraba la nocturna larga para apuntar a León, luego por la noche revisé la meteo y corregí el plan: nada de forzar inútilmente, alarma temprano y caminata con el fresco de la mañana. Decisión simple, pero correcta.
Día seco y áspero: aire caliente, habitaciones ardientes, pausas cortas a la sombra y móvil siempre en mano para encajar distancias y personas.
Las mejores etapas no siempre son las más épicas: muchas veces son aquellas en las que gestionas bien los límites, tuyos y de los demás, sin perder dirección.
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Notas del día