Tres pasos, tres ritmos, misma meta por la noche.
Etapa del 7 de junio: 24 km en dirección a Hôpital-Saint-Blaise.
Salimos tres: yo, Maria y Thomas. Talia y el coreano se habían quedado atrás. Como lo había conocido solo una noche y ya nos separamos a la mañana siguiente, no tuvimos ocasión de intercambiar contactos, y por desgracia tampoco recuerdo su nombre: me habría gustado mucho compartir otros momentos con él. Esa mañana había decidido quedarse un día más en el albergue para esperar al amigo/a con quien había empezado el Camino, porque tras separarse habían terminado en dos ciudades distintas.
Talia igual se había quedado allí porque estaba cansada y quería recuperar energías antes de volver a salir, y yo comparto totalmente esa filosofía: el Camino es bonito vivirlo a tu propio ritmo, no según los ritmos del regreso decididos desde casa cuando se hacen cuentas de kilómetros y días desde el sofá. Cuando estás allí, decide el momento presente: continúas si te sientes con fuerzas, te paras si lo necesitas. Si Talia no se sentía con ganas de ponerse en camino esa mañana, hizo muy bien en escucharse y regalarse un día entero de pausa.
Caminamos con ritmos distintos, como pasa siempre en el Camino, pero por la noche nos reencontramos en el mismo pueblo minúsculo: pocas casas, realmente una veintena contada, ningún restaurante, ningún bar, ningún cajero, ningún supermercado. Solo el albergue, con acceso mediante código que había que recoger en la iglesia.
Allí empezó el modo supervivencia. Cerca del albergue solo había una máquina automática que no aceptaba ni tarjetas ni billetes: solo monedas. Maria y yo hicimos colecta vaciando todos los bolsillos, para reunir todas las monedas posibles y sacar la mejor cena que pudiéramos permitirnos, equilibrando calidad y cantidad. Thomas, en cambio, fue timbre por timbre, casa por casa, para conseguir algo de comida para él, que luego unió a nuestras compras, y al final compartimos todo entre los tres. Fue una cena memorable: tres desconocidos que juntan fuerzas y recursos para crear un momento de convivencia y de verdadera compartición.
Esa noche, después de cenar, se nos ocurrió una idea para seguir sintiéndonos conectados con Talia, que se había quedado más atrás: convertir el Camino en un pequeño juego al estilo Pulgarcito. Dejarle señales a lo largo del recorrido y confiarle la misión de encontrarlas y recogerlas etapa tras etapa. Así nació la misión de las conchas: la primera la dejamos en el albergue, detrás de la puerta de la cocina, y le dejamos instrucciones en el libro de visitas del albergue, como pista inicial de esa búsqueda amable que nos mantendría unidos incluso a distancia.
Esa noche compartimos todo: lo que habíamos comprado nosotros con calderilla y lo que había conseguido Thomas. En un lugar tan pequeño y aislado, el valor no era "qué" tenías, sino que nadie se quedara solo. Y fue uno de esos momentos en que el Camino te enseña que la comunidad también nace de muy poco.
Oloron-Sainte-Marie → Hôpital-Saint-Blaise: 24 km. Consejo fuerte: si paras allí, llega con **monedas** (no billetes), porque no hay cajeros, restaurantes ni alternativas reales aparte de las máquinas.
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Notas del día